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lunes, 18 de julio de 2016

La literatura, la mente y otros insectos, por Jorge Alberto Collao, Fantastica Review 3

La literatura, la mente y otros insectos


Por Jorge Alberto Collao

Publicado originalmente en Fantastica Review 3


Alguna vez participe en un couching donde se nos reprendía por usar la muletilla “uno” al expresar cualquier opinión personal desde la propia perspectiva. Fui ridículamente el más sancionado en aquella ocasión. No fue la primera vez que me di cuenta pero toda mi vida ha sido así, aunque hoy reconozco que todos nos sentimos bichos raros entre nuestros mismos pares, quizá como una simple forma de reafirmar nuestra propia identidad. Entonces, me pasa que estoy constantemente cuestionándolo todo. Es una obsesión, es como una patología que me obliga a poner una y otra vez las cosas en orden dentro de mi cerebro y eso se expresa exteriormente también en mi obsesión que ya raya en lo anormal, respecto de donde debe ir cada cosa. Me sucede en mi trabajo, en mi casa, con mi familia, y aunque he aprendido a jugar eficientemente con los códigos sociales suelo corroerme interiormente prácticamente todos los días, aunque he aprendido a disimularlo muy bien. Quizá por eso cuando niño intentaba sin saberlo, ir poniendo las cosas en su lugar a través de ciertos comportamientos que me permitían tener dominio sobre lo que hoy se llamaría “nuestra zona de confort”. Hay cosas que no puedo contar, pero creo que fue por eso que comencé a dibujar. Hacia líneas rectas, curvas, pero me negaba a mí mismo usar reglas pues muy en mi interior no las sentía completamente eficientes, sino que las practicaba una y otra vez. Mientras otros compañeros daban rienda a su fantasía dibujando personajes y dándoles historias, yo me obsesionaba tratando de dibujar a mano alzada círculos perfectos. Y cuando creía obtenerlos, mi recompensa y satisfacción era íntima, solo para mí. No había nadie a quien mostrarle, nadie que entendiera lo difícil que había sido practicar y practicar, para obtener algo que otros podían hacer simplemente usando una moneda para guiar el lápiz. Así fue con muchas otras cosas.

Mi desempeño escolar era absolutamente errático. Algunos años llegué a ser sobresaliente en artes plásticas –sobre todo cuando más niño- luego mis notas en historia eran sobresalientes mientras todas las demás caían en picada. En la enseñanza media no todo fue mejor pero quizá un poco más controlado: pasaba de un año a otro de la física al Judo, o de la Química a la Filosofía. Finalmente ya en la Universidad ingreso a estudiar Licenciatura en Física y Química pero me obsesiono con la literatura y la maldita exactitud de las palabras. Poco a poco me inunda la sensación de que palabras y números, literatura y matemáticas están absolutamente al mismo nivel, aprendo de la inexactitud de estas últimas y de la exactitud de las primeras y comienzo a escribir poesía, a leer en direcciones extrañísimas –poesía china o neoestructuralismo, mientras mi generación se obsesionaba por el malditismo.

Son mediados de los ochenta y sigo tentando los límites de mi pequeño universo. A veces me creo y me siento un genio, pero la mayoría de las veces la dura realidad me estrella contra el suelo y me hace sentir cuales son mis límites y sin embargo, no podía parar. Escribo lo que mis pares quieren, leo en peñas y actos culturales, pero sabía que lo mío era otra cosa. Y poco a poco entiendo que el orden de las cosas le pertenece a las mismas cosas en si, que no hay dioses ni arquitectos supremos, que cada cosa es conforme a la otra y voy descubriendo que no hay mejor manera de ordenar mis pensamientos que escribir, que ponerlos sobre el papel, y comienzo a escribir tanto como arrojo a la basura o quemo en una enorme tarro en el fondo de mi casa paterna.

Nunca pensé en publicar nada, sino simplemente eran ejercicios de orden, una búsqueda de una especie de intuición que me permitiera ayudar en el orden de las cosas. No era tampoco una especia de lucha entre el orden y el caos pues incluso el caos para mi no tiene una definición satisfactoria sino, que es casi como funciona el universo: si no fuera por la gravedad, todo ese amasijo de planetas nubes, estrellas y polvo que flotan caóticos en el cosmos no serían lo que son. Y entonces por eso escribo, porque me permite dentro de mi limitado entendimiento, ponerme en perspectiva, dejar de asumirme unidimensional y ver las cosas desde muchos ángulos, apreciar en realidad como es, que todo es. Y me daba cuenta que cada cosa que leía y se me quedaba en la memoria tenía su sitio, hallaba su envergadura y su lógica dentro de mi propia comprensión del todo, y todas las piezas infinitas de mi realidad, podían encajar en la dinámica del todo, aunque yo mismo no pudiera. Y entonces fue finalmente la imaginación, la especulación de las hipótesis, la que me permitía cierta calma en mi lento cotidiano de ciudadano común. Entonces, todo tenía que tener una respuesta. Y esto me lo cambió todo, porque finalmente no se trataba centralmente de las respuestas en sí, sino de la clase de preguntas que pudiésemos hacernos. Y así comencé a sentir el agradable sabor de las certezas, aun cuando éstas no fuesen permanentes: supe que nunca creí en Dios, que mi capacidad de asumir lo sagrado está mutilada, que lo que deseo busca en el orden de la realidad solo aquello que está o pudiese estar ahí. Que no entiendo la fe, ni el perdón, ni el gregarismo, ni la felicidad, ni el alma, como si en mi lengua madre no existiesen ciertas palabras que para otros son proverbiales. Y me solaza interpretar el cosmos con versiones que trastocan todo lo que la humanidad ha creído hasta hoy solo para ver –sentir- que pasa. Y por eso escribo poesía, por eso escribo narraciones, por eso textualizo, por eso escribo…y la novela “Aunque tal vez solo seamos los dioses de las hormigas” es un poco eso. Las posibilidades importan en cuanto nos acercan a la realidad, realidad en cuanto a lo que es, y nada más. Entonces, mis intuiciones, son expresiones en dirección a la realidad.

“Cuando voy al bosque no sé lo que voy a encontrar. La vida o la muerte. Voy a cazar porque quiero seguir y seguir, pero no sé exactamente adonde ni porqué. Todo esto es tan vago que podríamos decir que mi propia vida no me importa. Pero a veces huelo algo. No sé si es una presa. Pero huelo algo que me hace reaccionar…después de eso, pasa una infinidad de cosas que sé que ocurrieron pero que ya no importan, y estoy frente a un cálido fuego en medio de la noche, comiendo la carne de mi presa”

“A veces cuando están las condiciones de tranquilidad y aislamiento, puedes hacer simples cosas como mirar tu mano izquierda y ver solamente una mano como tantas. Pero si miras el suficiente tiempo, sin buscar nada, el aburrimiento quizá hará que tus dedos se muevan, buscarás algo en tu mano que no has visto antes, la moverás, moverás tus dedos, y al cabo de un rato tales movimientos te parecerán extraños, casi ajenos, y harás reflexiones simples que sin embargo parecerán que no son tus reflexiones, y una sensación tenuemente parecida al miedo, te hará creer que no eres tú el que mira aquella mano. Pero todo volverá luego a la normalidad, y lo olvidarás”

No puedo explicar más. Solo puedo hacer ciertas descripciones. El lenguaje –como todo- tiene sus limitaciones.

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