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lunes, 19 de septiembre de 2016

Un boomeran a través de la historia reciente del ámbito fantástico en Chile, por Jose Hernandez Ibarra




Un boomeran a través de la historia reciente del ámbito fantástico en Chile
Por José Hernández Ibarra


Este artículo pretende entregar un brevísimo resumen del desarrollo histórico de las agrupaciones nacionales que abordaron la temática fantástica. La versión completa es parte de un trabajo de investigación que espera ser publicado a inicios del año 2018.

Desde el tercer lustro del siglo XXI hasta la antepenúltima década del siglo XX

Hace algún tiempo, surgió un grupo de jóvenes estudiosos del género fantástico. Esa agrupación tuvo gran impacto dentro del mundo de la literatura fantástica chilena. Aquel grupo referido es Fantasía Austral. Parte de esos jóvenes, antes de unirse a la agrupación, habían emigrado desde un portal que fue el centro de la actividad artística de la literatura fantástica chilena, el cual para todos es un grato recuerdo: Tau Zero, como portal de Ciencia Ficción y Fantasía. Rodrigo Mundaca, quien inició este proyecto, lo hizo con la intención de llevar un camino paralelo a un fanzine muy conocido a fines del siglo XX. Ese fanzine es Fobos (1997­1998), dirigido por Luis Saavedra, junto con la ayuda de Pablo Castro y Soledad Veliz.

De este grupo de jóvenes, Luis Saavedra es el más conocido, sobre todo por haber sido miembro de otra agrupación que a mediados de los noventa realizó una serie de eventos grandiosos en torno a la temática fantástica. En este caso, durante los noventa, la narrativa gráfica ­ “el cómic” - pasaba por un gran boom y la literatura fantástica, por otra parte, se armaba de algunos hitos como Flores para un Cyborg de Diego Muñoz Valenzuela, o La lanza rota de Alberto Rojas.

Quizás, para los más jóvenes, hablar de los Ficcionautas Asociados es algo desconocido, puesto que no existe, en la actualidad, una agrupación que le equivalga en actividades y eventos. Integrados por el mencionado Luis Saavedra, además de René Weber, Francisco Amores, Gabriel Huaman y Roberto Alfaro, este último actualmente miembro de la revista online “Los del Parque”.

Ficcionautas Asociados constituyeron un errático grupo juvenil que, luego de muchas disputas, enojos y peleas, terminaban juntando sus manos y organizando los eventos más recordados en la década del noventa, quizás en modo de recuperar el tiempo durante el cual la mayoría de sus integrantes, por no decir todos, formaron parte de una asociación de seguidores de lo fantástico, más literaria que gráfica.

Los ficcionautas tenían en común haber pertenecido a otra agrupación, aún mayor, pero sin tanta pirotecnia, como lo era la Sociedad Chilena de Fantasía y Ciencia Ficción (Sochif), más literaria y que significó entrar en contacto con escritores y seguidores de la "Ciencia Ficción" que durante los años ochenta estuvieron disgregados, no sólo por el clima dictatorial, el aislamiento internacional, la censura de los medios de comunicación, el apagón cultural y la vigilancia de los servicios secretos; sino que también por el hecho de que la Literatura Fantástica era insignificante para las editoriales. La Sochif estaba dirigida por un hombre ya avanzado en edad, Carlos Raúl Sepúlveda.

A su vez, retrocediendo en el tiempo, la Sochif surgió de una división generacional de otro grupo aún más antiguo. La división se produjo cuando los jóvenes que recién cumplían veinte años a fines de los ochenta (Alfaro, Saavedra, Fyto Manga, Weber), y otros que cumplían un poco más (Sepúlveda, Moisés Hassón, Patricio Hashcke) pujaron por separarse del núcleo anciano al que pertenecían. Aquella agrupación, ya de un carácter senil a finales de los 80', era el Club chileno ­santiaguino, al menos­ más antiguo conocido dedicado a la Literatura Fantástica.

El Club de Lectura de Ciencia Ficción y Fantasía fue, hasta la separación del futuro grupo Sochif, la única agrupación conocida y dedicada al tema, teniendo como integrantes, durante los primeros años, a los clásicos Hugo Correa, Elena Aldunate, Antonio Montero. El grupo, fundado a mediados de la década del 70' por los escritores mencionados ­todos premios Municipales de Literatura en Santiago­ y por el mayor coleccionista de literatura nacional, Roberto Pliscoff, era dirigido por un conocido actor, Andrés Rojas­Murphy.


Todos los integrantes del club eran asiduos comunes a una librería dedicada a la Literatura Policial, que tenía un pequeño apartado para la literatura fantástica y de ciencia ficción. Aquella librería, ubicada a mediados de los años 70' en la calle Nueva York, se convirtió en el punto de encuentro de estos escritores, de los cuales Hugo Correa era el más conocido, por haber publicado, con la ayuda de Miguel Arteche ­Premio Nacional de Literatura 1996­, su obra Los Altísimos y, posteriormente, por haber sido reconocido por Ray Bradbury como uno de los mejores exponentes de la ciencia ficción ­entendiendo el uso antiguo del término­ en español. Tanto así, que, becado por la Universidad de California, viajó a EEUU a formar parte de un curso de especialización en literatura. Mientras tanto, en el Club, Andrés Rojas Murphy se reunía con los integrantes regulares del Club a comentar las novelas, cuentos, publicaciones y fanzines que eran publicados en Santiago o que al menos llegaban desde el exterior, generalmente desde Argentina. Fue de esta manera como el grupo creció, incorporando a personas de diferentes posiciones sociales y políticas (el derechismo de Correa y el izquierdismo de Montero; la alta alcurnia de Elena Aldunate y la sencillez de Carlos Raúl Sepúlveda).

Las reuniones ­en palabras de los más jóvenes­ fueron transformándose en reuniones de amigotes y celebración, más que un trabajo de refinamiento literario. Esto condujo a la generación joven del Club a buscar nuevos caminos, más activos y literarios, que lograron establecer en la Sochif, sin embargo, al igual que en el club, la brecha generacional entre el grupo de los tradicionalistas (Carlos Raúl Sepúlveda, Juan Manuel Silva, Juan Ricardo Muñoz, Patricio Haschke) con los más "gráficos" provocó la necesidad de formar un nuevo grupo, más activo, del cual surgirían entonces los futuros Ficcionautas y así la línea de eventos consecutivos hasta la formación de Fantasía Austral y su quiebre por parte del movimiento ortodoxo liderado por Felipe Real que terminó por liberarse de colaboradores menos teóricos, los cuales formaron parte posteriormente del grupo Biblioteca Chilenia. A su vez, la llegada Aldo Astete, luego de años de estudios en el extranjero, permitió el surgimiento sólido de Austrobórea Ediciones.

Actualmente, el fin de la era de "lo fantástico", con la saturación comunicacional de historias de niños magos, vampiros y zombies, ha generado el resurgimiento de lo tecnológico, tanto por medio del steampunk como por la "ciencia ficción dura" ­tecnofuturismo, narrativa ultrarrealista, realismo tecnológico­.

El devenir histórico de las agrupaciones de cultores del género fantástico ­si es que se le puede designar así ­ se dispone a aprovechar la facilidad de masificación y, esperemos, no dependamos de la mención en un programa de televisión (caso Sergio Meier­-Christian Warkern) para que nuestros autores sean conocidos públicamente.

Esta ha sido una pincelada somera, superficial, ultrarresumida de la investigación realizada en mi tesis sobre literatura fantástica chilena. Este resumen pretende servir a los que estén interesado en averiguar quiénes son esos viejitos de barba, generalmente sentados en los asientos traseros, que observan las presentaciones de libros de Martín Muñoz Kaiser, Sascha Hanning, Francisco Ortega, José Luis Flores, etc, apreciando, al menos durante sólo un momento, la maravilla de asistir al lanzamiento de un libro, viendo en los asientos vacíos, el espíritu de aquellos que no pudieron hacerlo, de aquellos a quienes les costó una vida completa editar y publicar el único libro de sus vidas, o incluso, aquellos que se fueron de este mundo abrazados al sueño de publicar sus obras.

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